lunes 4 de enero de 2010

Ni que los recogiese en una fuente, ni que de mi salón brotasen como primaveras, a raudales, como flores a borbotones, ya digo, como si nada ¿Eso le di a entender, acaso, pobre infeliz? Esta tarde, me explico, se ha acercado hasta casa, como tan a menudo últimamente, ha detenido el coche frente al portal, como siempre, dando el cante, el cabrón, que para mí que todos los vecinos, todos, se han enterado de lo mío con él, de lo que nos atañe, me ha esperado en la acera pero no, no me ha traído nada de lo suyo, no me ha traído nada de alegría, nada de bromas, ni nada de “ná”, el cabrón. Que si mi padre está en el hospital, que si no me respira casi apenas, que si es que soy muy joven para tantas fatigas, todavía,  que si la culpa es suya por dejarlo todo por fiar, que de haberlo sabido, etcétera... Vamos, que está ya sin un pavo. Lo justo para comer.  Esta tarde ha venido, sí, menudo panorama, como siempre hasta casa, pero ha venido de vacío, se ha dejado la fiesta en otra parte, de tan serio, que se acercó, sólo para pedirme un poco de dinero, “pasta”, como si yo tuviera un secreto al respecto, la llave de la “guita” o algo así.. “No me jodas , Josué”, le dije, “y toma”, le di, como si me la fuese a devolver, no te jode…Así que no sé si tragarme su tema, que para pedirme unos pavos no hace falta ese teatrillo, que si los necesita, prefiero que me los pida sin bagajes, que lo suyo es asunto suyo, y seguramente eso le pasa por fiar la mercancía, de buenas a primeras, el género a cualquiera, el desdichado, y no tengo mucho más que decir. De manera que hoy, en serio, este día en que me había propuesto, de verdad, escribir de Ni-Mú, esta tarde lluviosa, insoportable, negra, en que me había prometido contar todo lo de la clínica, eso de que al fin había salido libre, la pobre, como el pajarito que es, muy en definitiva, esta tarde, en lugar de escribir sobre Ni-Mú y sus numerosas visicitudes, esta tarde, ya digo, acabo por dedicarla al chacho, al Gitano Josué, a mi amigo, ese al que le presto el dinero, sin saber para qué, sin preguntarle nada, pero que no venía a cuento, desde luego. Porque lo que quería, de verdad, y llevo casi toda esta puñetera semana en ello, es hablar de Ni-Mú, de su sobredosis de pastillas, y de cómo la policía la encontró, en plena medianoche, con la bata de casa, en zapatillas, declarando a luna mucho amor, y asustando a los niños, a la vuelta de las esquinas , como una loca en pena, o más aún, como un pedazo entero de lunática. Y no digamos nada de “su” Negri, que ésa es otra, que con Ni-Mú acordé antes de su detención prepararle una buena, cuando nos perdimos de vista, que al Negri le guardo una jugarreta de las que hacen afición, que Ni-Mú está bastante enamorada, y le sentó fatal todo aquello de El Negri, cuando dio con la cesta de Navidad, todo aquello de que era un hombre libre, que de novias ni nada, ni mentarlo, que al fin y al cabo era su día de suerte. Y yo, que pretendía explicar cómo El Negri, de regreso a su casa, una noche cualquiera, de repente, se había caído al mar desde el embarcadero, tan borracho casi como tiene por su costumbre, perdiendo el aliciente, con el costo mojado y las anfetas, echadas a perder, qué decir del sobrante, de todo lo demás y su amada heroína, y de la metadona, de cómo El Negri, ese hombre libre, sin compromiso alguno con las féminas, y en estado de gracia, sin comer ni beberlo, se había quedado sin la mercancía, por un buen resbalón, se encontró braceando hasta la puta orilla, cagándose en la lecha, maldiciendo su suerte, sin poder comerse el turrón porque no tiene dientes, sin poder colocarse a gusto por no ser buceador, por una vez, empapado, calado hasta los huesos como alma en pena, de vuelta a casa, eso sí, sin compromiso, un hombre libre, con todas las de la ley, simplemente porque se lo tiene más que bien merecido, qué cojones, las cosas como son. Así que yo, que me había propuesto contar todos estos asuntos, tan sólo porque se lo debía a Ni-Mú, acabo escribiendo contra mi voluntad, mal que me pese, sobre el pobre Josué, sobre su falta de efectivo, su falta de alegría, y su falta de tacto. Y lo peor, lo que más me fastidia, es que el único que está malo de verdad, el único que padece de veras de entre todos estos descerebrados, para colmo, el único que verdaderamente lo está pasando mal, muy mal, soy yo, sí, es la verdad. Perdido y borracho, tendido en mi cama como hago siempre, al menos en estos casos, de puro desamor. Herido. Sangrando. Y queriendo, sencillamente, morirme. Y lo que es aún peor, lo más absurdo, por una mujer. O más bien, por todo lo contrario.