viernes 25 de diciembre de 2009

Hará de eso quizás unos dos meses, creo, o tal vez más...Ella llevaba un tiempo visitándome, eso es cierto, siempre que coincidían nuestros turnos, dejándome al entrar la boca abierta, irremediablemente, que me hacía temblar, tanto, que cualquier cosa que sostuviese en la manos se me caía con una torpeza inusitada, lo nunca visto en mí, que acababa sin excepción rodando por el suelo, siempre gracias a ella, demonios, buscando lo que fuera que se hubiese caído, debajo de la mesa, o tras la papelera, simplemente en cuanto llegaba a hacerme alguna de sus estúpidas e intrascendentes preguntas del tipo "¿tienes mucho trabajo hoy'", o tal vez "hoy he venido a verte porque no tenía nada mejor que hacer, espero que no te importe" etcétera, y yo venga a noches en vela maldiciendo mi estampa, y venga a dormir mal, que me despertaba por la mañana casi como si no hubiese descansado en absoluto, convertido en una ruina humana, en un despojo andante, que "con todo lo que yo he sido", me decía a mí mismo, "que a estas alturas viene una jovencita y a las primeras de cambio te desconcierta entero...". Y así durante meses, un día tras otro, en serio, hasta que tal como apareció, como por arte de magia, en cuanto hice de tripas corazón y una de aquellas tardes, entre sudores fríos, disimulando mis temblores con las manos bailando en los bolsillos, con un hilo de voz, convencido de que tendría éxito, tras mucho dirimirlo con la almohada, logré expirar un lúgubre suspiro, algo que pretendió sonar a "te invito a un café", va y desapareció. Me dijo "cuando quieras", y desapareció, ya digo, por la puerta, como venía haciendo, casi tan colorada como era su costumbre, pero en esa ocasión se marchó para siempre, ya digo, sin dejar ni una nota, un rastro, se fue sin dejar nada, ni un rasguño en mi más que dispuesta espalda. Tal vez la hayan cambiado de destino, pienso en silencio desde entonces, cada noche, para compadecerme, como si me sirviese de consuelo. Doy una vuelta más en la cama, me digo "tal vez la hayan cambiado de destino, seguro que volverá", me doy otra vuelta, y otra, o tal vez me levanto y subo el termostato de la calefacción, siempre muerto de frío, vuelvo a la cama ,doy una vuelta más, y me justifico pensando que es algo momentáneo, que algún día aparecerá como solía hacer, por mi consulta, para hablarme del tiempo, explicarme que toca la guitarra a las mil maravillas, o que simplemente no encuentra nada mejor que hacer que dar un paseo por el hospital y visitarme. "No es culpa tuya, no es culpa tuya que no haya vuelto a aparecer tras tu proposición, ella estaba encantada", me digo, y aún así no consigo dormir, no duermo ahora ni cuando venía a verme, es casi como una enfermedad, la belleza de Alicia, para mí . Y a continuación me doy otra vuelta en la cama, y me enredo algo más con tanta sábana, con el mismo frío de antes de cambiar el dichoso termostato, sin conseguir dormir por mucho que me diga mí mismo tratando de autoconvencerme, todas esas cosas de que acabará por volver, eso de que le gusto, que los dos lo sabemos, y que no hay motivo para no dormirse por fin, por esta noche. Porque, al fin y al cabo, si ella no quisiera verme no vendría cada tarde hasta mi consulta, no me haría una y otra vez todas esas preguntas sin sentido, ni pondría su repertorio de posturas sugerentes cada vez que yo me acercaba por el pasillo, ni me regalaría sus sonrisas maravillosas por las mañanas, nada más verme, incluso muy a primera hora, ni se inclinaría a la menor oportunidad, sobre los ficheros de los pacientes, para mostrarme ese escote que tiene, angelical, que parece que el mundo gira entorno a esos dos pechos, ni aquella tarde, si, la tarde en que, con cara de circunstancias, como muy preocupado, simplemente por hecho de verla me acerqué a donde estaba sentada, y la vi sonreir sólo cómo ella sabe, insisto, aquella tarde, cuando tras mirarme al espejo del cuarto de baño, tras atusarme el pelo, revisar el planchado impoluto de mi camisa, el brillo reluciente de mis zapatos y el blanco de mi bata nuclear, aquella tarde, cuando por fin me atreví a pedirle desde el otro lado del mostrador una dosis de aquel antipsicótico dispersable en la boca y en dosis infantil , si no estuviese coqueteando descarademante conmigo, ya digo, tal como suponía, esa tarde en cuestión, cuando di por seguras tantas suposiciones, aquella tarde, si no le gustase en el fondo jamás se habría levantado, con su enorme dulzura, con la calma precisa para dejarme entrever los encajes bajo el pijama blanco, tan perfecta, ni me habría guiado hasta el cuarto de las medicinas, feliz de la vida, caminando con esos aires de sirena, abrumándome, ni se habría agachado para mí una y mil veces ante cada estante, fingiendo un interés desmedido por encontrarla, la dichosa medicación, ni habría vuelto a buscar, una segunda vez, con suma insistencia, tras el primer rastreo, como si por si acaso, atusándose ella también la coleta, procurando mirarse al espejo de las medicinas sin que me diese cuenta, ni se hubiese vuelto a agachar, para mostrarse entera, con cara de disgustada y un puchero, arrodillada, para decirme que no, que no que no la encontraba, que por lo visto debía haberse agotado, y es por eso por lo que me consuelo, por todas esas cosas que explicado, por lo que como un tonto, que lo que no me pase a mí, sigo esperando a que de una maldita vez ella aparezca, y así conseguir su teléfono, para al fin invitarla, por eso y porque estoy convencido de que, si mi instinto no falla (y ésta sería la primera vez), de veras que Linda me visitaba, sin excepción, por algo muy diferente al simple aburrimiento. Más que nada, porque la tarde a la que me refiero, la de su búsueda incesante entre lo almacenes, esa tarde ya digo, perdida entre los estantes, cuando me atusé el pelo, cuando sometí a un duro examen a mi bata y a mi más que algo torpe indumentaria, esa precisa tarde, insisto, mientras me enamoraba, tanto ella como yo sabíamos que la medicación que le pedí, la que tanto buscaba, esa medicación no existe, y en eso reside mi estúpida esperanza, sencillamente, en que lo que yo le pedí aquella tarde no existe, insisto, no existió jamás y, de hecho, no creo que lo haga. En eso y en que ella, estoy convencido, también la sabía.