viernes 29 de enero de 2010

Se marchan ya, se han ido, y al marcharse dejan todo en silencio, la noche, la casa, yo mismo. Los cojines bien puestos, el cigarro encendido, las luces apagadas… Nunca cuento con ellos, y por eso mismo, los predigo. Lo suyo es la noche, el instinto, y aparecer cuando no te lo esperas. Abro la puerta y los invito. Adelante, chicos, pasad. Saben el camino… Charlamos. Tocan la guitarra, gritos. Y por lo general no se van sin pedirme unos pavos, antes, son muy listos. Aparecen, ya digo, cuando no cuento con ellos, tal vez, precisamente por eso. Y son como la alegría: efímeros. Y mi casa es al fin una casa repleta, la casa de un blanco, sí, la mía, pero llena de negros. Porque…(no nos engañemos): ¿qué hace una banda de negros en mi casa, cada noche, sin fallar a mi encuentro? ¿Con qué motivo? Definitivamente nada bueno. Llegan, siempre como si nada, y al rato, muy educadamente, se marchan escaleras abajo, murmurando, como hace apenas un rato las subieron. Y al irse lo dejan todo, insisto, como estaba: como si no hubiera pasado nada, en silencio, y a mí a solas, sobre la cama, como ahora, escribiendo. Y aunque sé que no son más que una locura, un contrasentido, los tolero, los animo, ¡venga! Y a veces hasta pienso si no serán imaginaciones mías, la verdad, si a fuerza de imaginarlos, de soñar sus visitas, no habré acabado definitivamente por creerlos, casi sin darme cuenta. Y son como las ratas, unos bichos, que trepan escaleras arriba, sin hacer ruido, y se comen mi queso, o se beben mi vino, o mordisquean las cuerdas de la guitarra, y nadie más los ve. Y ellos, según tengo entendido, por su parte no ven tampoco a nadie más. Para mí que no existen, de verdad, yo creo que son fruto de la soledad en todo caso, fantasmas, o deseos de una mente aburrida. Deseos que cantan, eso sí, deseos a medida, deseos hijos de las noches huérfanas, que en realidad no existen, o que en realidad existen , pero no mucho más allá de mi cabeza. Pienso ¿Cómo van a existir, de hecho, si son imposibles? Imposibles como tantas otras cosas mías, ya ves. Imposibles como La Niña, por ejemplo. Porque, La Niña, mi Niña, de eso estoy seguro, es imposible… La Niña es una salida de tono, un más difícil todavía, desde luego. La Niña, estoy segurísimo, no es más que un deseo mío, y no existe sino como deseo. Menos real, La Niña puede ser cualquier cosa: La Niña puede ser una vuelta de tuerca, puede ser un a ver ahora, puede ser una pena, sí, cualquier cosa, de puro imposible. En serio. La Niña es como ellos, de hecho. No la ve nadie más que yo. Y sólo yo pienso en ella. Llega, y como llega se va, dejándolo todo como estaba. Y es una pena, mi Niña, una pena por sueño, precisamente. Porque si fuese otra cosa, si La Niña no fuese un deseo, un sueño, no sería una pena, y al menos yo podría, como cuando nos conocimos, tumbarla de nuevo sobre la cama, y quitarle sus zapatitos de niña de dieciséis años, y besarla en el cuello, y colmarla de abrazos, hasta hacerle el amor, porque si ella no fuese un sueño, tal vez ella podría incluso enamorarse, en serio, de un viejo como yo, y podría colmarme de abrazos, y besarme en el cuello, hasta hacerme el amor si ella quisiera, pero los sueños no se enamoran, cómo va a enamorarse un sueño, y eso dando por hecho que La Niña es un sueño, porque mira por dónde, que los sueños, y eso lo sé muy bien, son casi siempre en blanco y negro, pero mi Niña además guapa es rubia, y a ver ahora si no va a ser La Niña ni siquiera un sueño. Menudo desastre. Y ahora que lo pienso, mi Niña tiene los ojos verdes, además, así que aún menos a mi favor. A mi Niña la sueño, eso sí, hasta con los ojos abiertos. La Niña, si me descuido, está ahora mismo aquí conmigo, estrechada en mis brazos, dejándose querer, y su corazón late cada vez más deprisa, con cada caricia, y su pelo huele maravillosamente, y si la sueño fuerte, con los ojos abiertos, puedo llegar a verla, puedo sentirla, y ya puestos a soñar, la sueño caliente, palpitante, enamorada de mí tanto como lo estoy de ella. Y si puedo soñarla, me digo, con un poco de suerte, La Niña puede un sueño, y uno puede soñar lo mismo muchas veces, olé, tantas como uno puede desear que un sueño no lo sea, procurando no perder perspectiva, eso sí, de lo que son las cosas. Porque La Niña, no nos engañemos, es imposible, y es por eso que ella no puede ser. La Niña, me digo siempre, no existe. La Niña existe, me digo, pero sólo en mí. La Niña, al fin y al cabo, me digo, es como ellos. Sólo yo la veo, sólo yo la quiero. Llega y se va, dejándolo todo como estaba, como si nada. La Niña, eso sí, es una Niña a medida, es ideal. Es lo bueno que tiene. Ojalá pudiese ser, La Niña, me digo cada noche, en realidad. Y aunque empiezo a temerme que no existe, que es como ellos, simplemente una cosa mía, de mi cabeza, que La Niña es fruto de las noches huérfanas, de mi soledad, y no otra cosa, ella sigue viniendo a verme, puntualmente, como si me quisiera en serio, como la soledad, todas y cada una de las noches, de verdad, no es broma. Y yo la sigo soñando, aquí sobre mi cama, y soñarla es un consuelo, para mí, a mi Niña, que nunca se sabe, y de soñarla ella llega a existir. Y en el fondo, me digo, qué te importa que nadie más lo sepa, que sea cosa tuya, si ellos vienen a verte cada noche, si te los imaginas, y te hacen compañía, si para ti tu Niña está, con los ojos abiertos, aquí y ahora, contigo, porque acaso… ¿tienes algo mejor que hacer, demonios, esta noche, que soñar?

lunes 25 de enero de 2010

Que anda “espantao”, eso cuenta su hermano, que lleva una semana así, mi fiera, El Josué, que nadie lo ha visto últimamente pero que volverá, que no me preocupe, que son cosas de artistas, ya me entiendes, que normalmente se le pasa pronto y que ha de ser, como le pasa siempre, una cuestión de deudas, y que a éste no se le verá el pelo hasta que lo haya “saldao”, cuando pueda, el asunto, a su manera, vamos: que me espere, que ya volverá, pero que cómo se me ocurre preguntar por Josué en el mercadillo, si El Josué, desde que se que fugó con la gitana aquella, pobre chiquilla, que cuando ya no aguantó más la devolvió a sus padres rota, deshonradita entera, cuatro días después, cosas de leyes suyas, ya me entiendes, pero que desde entonces, El Josué nunca más ya va a poder vender, que ésa es su penitencia por lo hecho, que mira que le gustan las niñas al fenómeno, que de tanto gustarle lo acaban perdiendo, al hombre, y que anda que no sabía lo que le esperaba cuando se desapareció con ella, nada menos que cuatro días, primo, que le han hecho justicia y que vale, que ella jamás se casará porque está rota y ya no sirve, pero que cómo se me ocurre preguntar por Josué en el mercadillo, que ése no lo podrá pisar ya nunca, por follador, cabezaloca, que así le va, y yo asombrado, convencido como estaba hasta entonces de que Josué no iba a vender porque estaba esperando género, que desde que lo conozco no me deja de hablar de ese contacto suyo, de esa ropa tan buena y tan barata que le vende, que en cuanto junte lo suficiente para un lote vuelve, lo echa todo a rodar, porque lo de vender, primito, y encima con semejante género, no se trata de otra cosa que de empezar, amigo, en serio, quiero decir, que de El Josué nadita, al menos por ahora, pero que donde seguro nunca, desde luego es allí, en el mercado, alma de dios, que vaya cosas tengo. Y me creo lo de las deudas, eso seguro. Más que nada, porque unos días antes de esta misma “espantá” Josué vino por casa, bien entrada la noche, y venga a tocar el timbre el cabrón, que hasta me levanté por fin y lo encontré en la puerta, con su cara de póker, la mirada torcida, la sonrisa entreabierta, y lo invité a pasar y charlamos un rato, nos terminamos el poco vino que me quedaba, y él me invitó a cigarros hasta desembuchar, con la cabeza baja, que ya me daba a mí que la visita no era tal, y que efectivamente, al cabo de un rato, se me arrancó “Lorenzo, amigo, de camino a tu casa me decía, pensaba: el ” no”, ya lo tengo, pero si me pudieras hacer tú cierto favor, colega, y te cuento”… Así que me creo lo de la deuda, eso seguro, y me lo imagino, con el teléfono sin enchufar como lo tiene, ya digo, desde hace una semana, con el coche escondido a saber dónde, a buen recaudo, maquinando para desemplumar a quien se deje, jodido y desesperado por salir de una maldita vez de ésta, que toda la vida igual, que me cago en la leche, que de dónde me habrá salido esta cabeza mía, qué vida ésta, y que a ver cómo me las arreglo, primo, en este lío. Siempre sin un pavo, siempre a salto de mata, siempre pidiendo que sea yo el que vaya a verlo, que anda sin gasolina. Y aún así vaya niñas gasta, no es broma, que ya se las conozco todas, que las fotografía, en la cama, recién folladas, que debe hacerlo bien, apostaría un sueldo, que los artistas tienen mano para eso, que a una mujer, cuando está bien follada se le nota, y se retuercen todas en las fotos, que se les ve saciadas, tanto, que les gusta que las fotografíe, ya digo. Así que El Josué puede ser todo un caso, algo cabezaloca y esas cosas, pero no es para tanto su desgracia, insisto, y por lo general, casi nunca de más de veinticinco, cabronazo. En resumidas cuentas: que me toca esperar, en lo que a mi Josué respecta. Y que conste, que no me desespera la tardanza, conozco a más artistas… Pero a ver si va apareciendo, El Josué, y arregla ya lo suyo, y se deja caer por casa como siempre, cuando le da la gana, para echarse unos cantes y esas cosas, para invitarle a un vino o lo que sea, para pedir dinero, o presentarme novias. A ver si arregla lo suyo El Josué, ya digo, y de paso, cuando nos encontremos me explica cómo es eso de que conoce a Linda, que desde cuando un gitano se trata con enfermeras, que esa mujer es una cosa mala, y cómo es eso de que le preguntó por mí, que el mundo es un pañuelo, eso es cosa sabida, y que me explique, demonios, qué le contó Linda de mí ¡Al Josué!, que hace meses que no la veo, que me ha dejado loco esa enfermera, que si se la ha follado ya, me cago en sus muertos, eso sí que no se lo perdono, pero a lo hecho, pecho, de perdidos al río que se dice, y aunque no se deba hacer eso a los amigos, si ellos se han acostado ya, si no hay remedio, qué le vamos a hacer, pero que me lo cuente. Que me lo cuente todo. Todito de principio a fin. Y desde luego, si se la ha tirado, el muy cabrón, que me enseñe la foto. Quiero verla. Más le vale. Con pelos y señales. Desnudita y saciada. Por favor. Que si no es para eso, a ver para qué tiene uno a los compadres.





sábado 23 de enero de 2010

¡Dieciséis años!
¿Cómo que dieciséis años?

jueves 14 de enero de 2010

Para mi caro amigo, Profesor D. Octavio Smith, y muy eternamente agradecido...

Claro que si no fuese ya, a día de hoy, la reina de los plantones, si ella no hubiese dejado de aparecer aquella noche inaugural del año, tal y como nos prometimos, para encontrarse conmigo donde siempre, al final de la barra repleta, si sus “diez minutos, ni uno más”, no acabaran por estirarse al límite, convirtiéndose en horas, casi en días, en una eternidad ahogada entre gin-tonics, hasta el punto de darme el amanecer y yo esperando, y ella que no llegó jamás y al fin de puro aburrimiento yo, a la deriva, que acabé por beberme el mundo en las butacas, si ella no fuese, insisto, y hoy por hoy, dueña y señora, la reinaza ya más que contrastada, la madre de todos los plantones ,con su pelo alisado y sus buenos modales, con sus conjuntos chic y su boca perfecta, con su sonrisa enorme del demonio, insisto, de no ser así, tal vez ella me hubiese acompañado a casa y no La Niña, que si hubiese aparecido, casi seguro que no hubiese conocido yo a La Niña, ya en la última copa, de puro aburrimiento en las butacas, y en lugar de caminar con sus preciosos ojos verdes(yo la llamo mi princesita), tal vez me habría despertado junto a un buen par de ojos de reinona, es posible, aunque después de todo no está el asunto (es cierto), como para quejarse ahora, y el botín resultó mayor de lo esperado, no lo puedo negar... De manera que me quedé sin reina, pero una princesita en su lugar me acompañó por fin, cuando se hacía el día, y la media hora justa de encontrarnos, resultó que el camino dio como para que me contase por entero su vida, de buenas a primeras, y fue así como comprendí el porqué de su mirada lánguida, evocadora y verde, como un lago queriendo ser el mar, casi como una serpiente que se enamora de un lagarto, o como una bestezuela incapaz de morder a nadie, por poner un ejemplo, vamos, que La Niña mira pero en lugar de mirar evoca un imposible, algo irrecuperable, no sé si me explico, sinceramente. La Niña, eso sí, es la princesita de un cuento, de eso no cabe duda, y la princesas de los cuentos, por lo general, suelen ser ideales, perfectas, cándidas y delicadas, duermen a pierna suelta, y sólo se despiertan a fuerza de unos buenos besos, a poder ser besos de príncipe, siempre, y a poder ser bien situado, que por lo visto son así, un poco especialitas, las princesas. Y ella, La Niña, por supuesto, lo es. O eso creo yo. Y lo digo, más que nada,  porque cuando le cogió el frío a la pobre, al poco de llegar a casa, cuando me la llevé a la cama y la arropé con mi mejores mantas, al desatarle con sumo cuidado los zapatos, contemplé su vestido dorado y sus encajes, y posé los zapatos en el suelo, nuevos y relucientes, tan negros y elegantes, que eran propios de toda una princesa, en serio, y a estas alturas diría que entiendo de estas cosas, etcétera... Una buena prueba de ello, de que La Niña es princesa de tomo y lomo, sin ir más lejos, es que conservaba los dos cuando se los quité, y no como otras, que los pierden y luego se pasa la vida uno zapato en mano, tratando de dar de nuevo con los dichosos pies, los dueños del zapatito de los cojones, casi de cama en cama, que no sería la primera ni la última vez, de veras, y de casos del estilo están las hemerotecas llenas. De manera que ya descalza, bien arropada, mi princesa se acurrucó bajo los edredones, tan dulcemente y yo, por mantener las formas, por puro protocolo, me acurruqué bien pegado a su espalda por si acaso, no le fuese a coger el frío puñetero, que la realeza no está para esas cosas, ni acostumbrada, a los rigores de la vida fuera de palacio, y cual fue mi sorpresa, que al colmarla de besos sólo para que no se me durmiese entera, que las princesas son más bien malas de despertar, según tengo entendido, sólo por evitarme líos, que al colmarla de besos ya digo, por la espalda, mientras le acariciaba el cuello a mi princesa, con la boca y las manos no va ella, y dejando de ser princesa, de pronto va y se convierte en melocotón, pero el melocotón más sabroso del mundo, no exagero, cosa mala, deliciosa, todo un melocotón sonrosado y con el vello de punta, ya digo, con sólo darle un beso o una caricia, si te descuidas. Un melocotón que tragaba saliva cuanto más lo abrazaba. Un melocotón que se me acobijaba, con elegancia innata, con la carne más tierna de este mundo contra mí, bien fuerte, y el vestido volando por las nubes y esas cosas, y yo sin llegar a creerlo, cogiéndole las manos para que no se me marchase, fuerte, encandilado. Una fruta con piernas delirantes, sabrosas, mi pequeña princesa particular, a la que olfateé como no había olfateado antes a nadie. Nunca me había dado por hacerlo, en serio. Oler a una mujer... Y por lo visto, o al menos esa es mi experiencia, las princesas huelen a primavera, a paseo entre trigo con mi primer perro, aquel que me cuidaba, enorme, un boxer, que rodaba conmigo entre la hierba, más alta que cualquiera de los dos, salvaje, son de verdad tremendas las princesas. Y más aún cuando su vestido se eleva hasta las nubes, y la princesa se acurruca fuerte contra ti, y traga saliva si la besas, convertida en melocotón, qué delicadeza: olerla, poder tocarla, abrazarla bien fuerte, casi como si le gustase. Pero no quiero (ni debo) contar más... Yo me debo a Su Alteza. Lo que sí quiero es aclarar, con todo esto, que tal vez sea cierto eso que dicen, eso de que no hay mal que por bien no venga, que al fin y al cabo, si ella hubiese venido al fin a verme, la primera, tal como había prometido, no me hubiese despertado por fin con mi princesa, que al menos por un rato, me devolvió lo que ya no recordaba, me convirtió en un niño, como ella, tan sólo por un rato, tan niño como era cuando dormí por primera vez con una de ellas, con una princesita, y que yo si te he visto ya no me acuerdo. Finalmente, un par de horas después, su papá la llamó, por saber donde estaba, le pidió que volviese a casa y se vistió. Le presté un buen abrigo para el camino, y se marchó, escaleras abajo mi princesa. Me dijo adiós con la mano. Guapísima. Tan bella… Delicada y preciosa. Dos veces más joven que yo. Menor de edad.

lunes 4 de enero de 2010

Ni que los recogiese en una fuente, ni que de mi salón brotasen como primaveras, a raudales, como flores a borbotones, ya digo, como si nada ¿Eso le di a entender, acaso, pobre infeliz? Esta tarde, me explico, se ha acercado hasta casa, como tan a menudo últimamente, ha detenido el coche frente al portal, como siempre, dando el cante, el cabrón, que para mí que todos los vecinos, todos, se han enterado de lo mío con él, de lo que nos atañe, me ha esperado en la acera pero no, no me ha traído nada de lo suyo, no me ha traído nada de alegría, nada de bromas, ni nada de “ná”, el cabrón. Que si mi padre está en el hospital, que si no me respira casi apenas, que si es que soy muy joven para tantas fatigas, todavía,  que si la culpa es suya por dejarlo todo por fiar, que de haberlo sabido, etcétera... Vamos, que está ya sin un pavo. Lo justo para comer.  Esta tarde ha venido, sí, menudo panorama, como siempre hasta casa, pero ha venido de vacío, se ha dejado la fiesta en otra parte, de tan serio, que se acercó, sólo para pedirme un poco de dinero, “pasta”, como si yo tuviera un secreto al respecto, la llave de la “guita” o algo así.. “No me jodas , Josué”, le dije, “y toma”, le di, como si me la fuese a devolver, no te jode…Así que no sé si tragarme su tema, que para pedirme unos pavos no hace falta ese teatrillo, que si los necesita, prefiero que me los pida sin bagajes, que lo suyo es asunto suyo, y seguramente eso le pasa por fiar la mercancía, de buenas a primeras, el género a cualquiera, el desdichado, y no tengo mucho más que decir. De manera que hoy, en serio, este día en que me había propuesto, de verdad, escribir de Ni-Mú, esta tarde lluviosa, insoportable, negra, en que me había prometido contar todo lo de la clínica, eso de que al fin había salido libre, la pobre, como el pajarito que es, muy en definitiva, esta tarde, en lugar de escribir sobre Ni-Mú y sus numerosas visicitudes, esta tarde, ya digo, acabo por dedicarla al chacho, al Gitano Josué, a mi amigo, ese al que le presto el dinero, sin saber para qué, sin preguntarle nada, pero que no venía a cuento, desde luego. Porque lo que quería, de verdad, y llevo casi toda esta puñetera semana en ello, es hablar de Ni-Mú, de su sobredosis de pastillas, y de cómo la policía la encontró, en plena medianoche, con la bata de casa, en zapatillas, declarando a luna mucho amor, y asustando a los niños, a la vuelta de las esquinas , como una loca en pena, o más aún, como un pedazo entero de lunática. Y no digamos nada de “su” Negri, que ésa es otra, que con Ni-Mú acordé antes de su detención prepararle una buena, cuando nos perdimos de vista, que al Negri le guardo una jugarreta de las que hacen afición, que Ni-Mú está bastante enamorada, y le sentó fatal todo aquello de El Negri, cuando dio con la cesta de Navidad, todo aquello de que era un hombre libre, que de novias ni nada, ni mentarlo, que al fin y al cabo era su día de suerte. Y yo, que pretendía explicar cómo El Negri, de regreso a su casa, una noche cualquiera, de repente, se había caído al mar desde el embarcadero, tan borracho casi como tiene por su costumbre, perdiendo el aliciente, con el costo mojado y las anfetas, echadas a perder, qué decir del sobrante, de todo lo demás y su amada heroína, y de la metadona, de cómo El Negri, ese hombre libre, sin compromiso alguno con las féminas, y en estado de gracia, sin comer ni beberlo, se había quedado sin la mercancía, por un buen resbalón, se encontró braceando hasta la puta orilla, cagándose en la lecha, maldiciendo su suerte, sin poder comerse el turrón porque no tiene dientes, sin poder colocarse a gusto por no ser buceador, por una vez, empapado, calado hasta los huesos como alma en pena, de vuelta a casa, eso sí, sin compromiso, un hombre libre, con todas las de la ley, simplemente porque se lo tiene más que bien merecido, qué cojones, las cosas como son. Así que yo, que me había propuesto contar todos estos asuntos, tan sólo porque se lo debía a Ni-Mú, acabo escribiendo contra mi voluntad, mal que me pese, sobre el pobre Josué, sobre su falta de efectivo, su falta de alegría, y su falta de tacto. Y lo peor, lo que más me fastidia, es que el único que está malo de verdad, el único que padece de veras de entre todos estos descerebrados, para colmo, el único que verdaderamente lo está pasando mal, muy mal, soy yo, sí, es la verdad. Perdido y borracho, tendido en mi cama como hago siempre, al menos en estos casos, de puro desamor. Herido. Sangrando. Y queriendo, sencillamente, morirme. Y lo que es aún peor, lo más absurdo, por una mujer. O más bien, por todo lo contrario.

martes 29 de diciembre de 2009

Las agujas
¡Ay!
Las Agujas...

viernes 25 de diciembre de 2009

Hará de eso quizás unos dos meses, creo, o tal vez más...Ella llevaba un tiempo visitándome, eso es cierto, siempre que coincidían nuestros turnos, dejándome al entrar la boca abierta, irremediablemente, que me hacía temblar, tanto, que cualquier cosa que sostuviese en la manos se me caía con una torpeza inusitada, lo nunca visto en mí, que acababa sin excepción rodando por el suelo, siempre gracias a ella, demonios, buscando lo que fuera que se hubiese caído, debajo de la mesa, o tras la papelera, simplemente en cuanto llegaba a hacerme alguna de sus estúpidas e intrascendentes preguntas del tipo "¿tienes mucho trabajo hoy'", o tal vez "hoy he venido a verte porque no tenía nada mejor que hacer, espero que no te importe" etcétera, y yo venga a noches en vela maldiciendo mi estampa, y venga a dormir mal, que me despertaba por la mañana casi como si no hubiese descansado en absoluto, convertido en una ruina humana, en un despojo andante, que "con todo lo que yo he sido", me decía a mí mismo, "que a estas alturas viene una jovencita y a las primeras de cambio te desconcierta entero...". Y así durante meses, un día tras otro, en serio, hasta que tal como apareció, como por arte de magia, en cuanto hice de tripas corazón y una de aquellas tardes, entre sudores fríos, disimulando mis temblores con las manos bailando en los bolsillos, con un hilo de voz, convencido de que tendría éxito, tras mucho dirimirlo con la almohada, logré expirar un lúgubre suspiro, algo que pretendió sonar a "te invito a un café", va y desapareció. Me dijo "cuando quieras", y desapareció, ya digo, por la puerta, como venía haciendo, casi tan colorada como era su costumbre, pero en esa ocasión se marchó para siempre, ya digo, sin dejar ni una nota, un rastro, se fue sin dejar nada, ni un rasguño en mi más que dispuesta espalda. Tal vez la hayan cambiado de destino, pienso en silencio desde entonces, cada noche, para compadecerme, como si me sirviese de consuelo. Doy una vuelta más en la cama, me digo "tal vez la hayan cambiado de destino, seguro que volverá", me doy otra vuelta, y otra, o tal vez me levanto y subo el termostato de la calefacción, siempre muerto de frío, vuelvo a la cama ,doy una vuelta más, y me justifico pensando que es algo momentáneo, que algún día aparecerá como solía hacer, por mi consulta, para hablarme del tiempo, explicarme que toca la guitarra a las mil maravillas, o que simplemente no encuentra nada mejor que hacer que dar un paseo por el hospital y visitarme. "No es culpa tuya, no es culpa tuya que no haya vuelto a aparecer tras tu proposición, ella estaba encantada", me digo, y aún así no consigo dormir, no duermo ahora ni cuando venía a verme, es casi como una enfermedad, la belleza de Alicia, para mí . Y a continuación me doy otra vuelta en la cama, y me enredo algo más con tanta sábana, con el mismo frío de antes de cambiar el dichoso termostato, sin conseguir dormir por mucho que me diga mí mismo tratando de autoconvencerme, todas esas cosas de que acabará por volver, eso de que le gusto, que los dos lo sabemos, y que no hay motivo para no dormirse por fin, por esta noche. Porque, al fin y al cabo, si ella no quisiera verme no vendría cada tarde hasta mi consulta, no me haría una y otra vez todas esas preguntas sin sentido, ni pondría su repertorio de posturas sugerentes cada vez que yo me acercaba por el pasillo, ni me regalaría sus sonrisas maravillosas por las mañanas, nada más verme, incluso muy a primera hora, ni se inclinaría a la menor oportunidad, sobre los ficheros de los pacientes, para mostrarme ese escote que tiene, angelical, que parece que el mundo gira entorno a esos dos pechos, ni aquella tarde, si, la tarde en que, con cara de circunstancias, como muy preocupado, simplemente por hecho de verla me acerqué a donde estaba sentada, y la vi sonreir sólo cómo ella sabe, insisto, aquella tarde, cuando tras mirarme al espejo del cuarto de baño, tras atusarme el pelo, revisar el planchado impoluto de mi camisa, el brillo reluciente de mis zapatos y el blanco de mi bata nuclear, aquella tarde, cuando por fin me atreví a pedirle desde el otro lado del mostrador una dosis de aquel antipsicótico dispersable en la boca y en dosis infantil , si no estuviese coqueteando descarademante conmigo, ya digo, tal como suponía, esa tarde en cuestión, cuando di por seguras tantas suposiciones, aquella tarde, si no le gustase en el fondo jamás se habría levantado, con su enorme dulzura, con la calma precisa para dejarme entrever los encajes bajo el pijama blanco, tan perfecta, ni me habría guiado hasta el cuarto de las medicinas, feliz de la vida, caminando con esos aires de sirena, abrumándome, ni se habría agachado para mí una y mil veces ante cada estante, fingiendo un interés desmedido por encontrarla, la dichosa medicación, ni habría vuelto a buscar, una segunda vez, con suma insistencia, tras el primer rastreo, como si por si acaso, atusándose ella también la coleta, procurando mirarse al espejo de las medicinas sin que me diese cuenta, ni se hubiese vuelto a agachar, para mostrarse entera, con cara de disgustada y un puchero, arrodillada, para decirme que no, que no que no la encontraba, que por lo visto debía haberse agotado, y es por eso por lo que me consuelo, por todas esas cosas que explicado, por lo que como un tonto, que lo que no me pase a mí, sigo esperando a que de una maldita vez ella aparezca, y así conseguir su teléfono, para al fin invitarla, por eso y porque estoy convencido de que, si mi instinto no falla (y ésta sería la primera vez), de veras que Linda me visitaba, sin excepción, por algo muy diferente al simple aburrimiento. Más que nada, porque la tarde a la que me refiero, la de su búsueda incesante entre lo almacenes, esa tarde ya digo, perdida entre los estantes, cuando me atusé el pelo, cuando sometí a un duro examen a mi bata y a mi más que algo torpe indumentaria, esa precisa tarde, insisto, mientras me enamoraba, tanto ella como yo sabíamos que la medicación que le pedí, la que tanto buscaba, esa medicación no existe, y en eso reside mi estúpida esperanza, sencillamente, en que lo que yo le pedí aquella tarde no existe, insisto, no existió jamás y, de hecho, no creo que lo haga. En eso y en que ella, estoy convencido, también la sabía.